© Alejandro Cano

Tauromaquias:

Las series taurinas, las taurófobas también; acabadas, inacabadas y por haber; no pueden ser más que una aproximación, siempre limitada, al extenso mundo de los toros, que desde siempre ha impregnado el humanismo español de una curiosa antítesis de poética y realismo. La 'riqueza poética y vital de España' decía Federico; y lo cierto es que, salvo periodos más lúgubres que no conviene orear demasiado, las manifestaciones culturales españolas han florecido siempre al golpe de espasmos taurófilos.
De Goya, que murió en Francia por poder ir a los toros, por supuesto, bebieron y comieron hasta hartarse los artistas del siglo XIX. Larra, Fortuny y Sorolla emularon la colorida tradición.
La Generación del 98; de entre ellos Azorín, Zuloaga y Granados los más cabales; nació de una explosión antitética de españolismo goyesco y un afán progresista, con un exceso algo engolado de cultura, europeizante. Unamuno, que era tan taurino como cristiano sin querer saberlo, queda excusado. Así la raíz humanista del 98, la cofia taurófoba incluida, se nutrió del rico mundo de los toros.
Pero las razones razonadas terminan por imponerse, y tras algunos desafortunados tropezones en los umbrales del siglo XX, llegó Don Ramón con su 'Torero Caracho', alumbrando el camino de una nueva explosión cultural, taurina...y después Ortega, Belmonte, Picasso, Gerardo Diego, y Lorca...Dalí, Salinas, Villalón, Ledesma Ramos, Gregorio Marañón...y Azorín de nuevo, y Bienvenida y Cossío...

Trapío